martes, 11 de diciembre de 2012

Sed roja: Parte II

El destino, como no podía ser otro; era el árbol seco. Quien tenía la parte baja abultada como un vientre bien nutrido que se abría dejando el espacio justo para que yo y la serpiente pudiéramos pasar. 
Después de franquear el arco más o menos ojival que se había formado naturalmente tuve que esperar unos minutos a que mis ojos se acostumbraran al lugar. Minutos durante los cuales pude comprobar que el sitio era relativamente húmedo. Aunque muchísimo más agradable que el exterior. Se podría comparar incluso con una lujosa residencia con control de temperatura. El olor que reinaba era de madera, un olor dulzón agradable y acogedor. Puede que fuera ese olor lo que hizo que mis músculos se destensaran y me empujará a sentarme.
En cuanto mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, dejándome en penumbra pude determinar porque mi asiento pese a ser cómodo estaba tan bajo. Era un simple cumulo de cuerdas dispuestas en espiral como si formará una extraña alfombra. Me encontraba sentado de modo que mis piernas desnudas y estiradas rozaban el suelo arcilloso del refugio y mi espalda se apoyaba en la corteza interior del árbol.
El nivel del suelo debía de haber sido rebajado artificialmente, por que el agujero de cuatro metros aproximadamente debía de estar a cosa de metro y algo más del suelo. Así que mi cabeza quedaba casi a ras de la entrada teniendo que usar los brazos para subir.
Aunque poco importaba en mi actual postura de relajación. Donde aunque la oscuridad me lo impedía ver, podía sentir como la serpiente me observaba fijamente. Estuve un tiempo sentado recuperándome mientras que ella no paraba de mirarme fijamente, con esos ojos de serpiente negros que no pestañeaban.
Tuvo que pasar bastante tiempo y puede que incluso hubiera sesteado un poco, de golpe decidí cruzar mis piernas y sentarme en la postura de rodillas cruzadas. 
Como si hubiera estado esperando ese momento, la serpiente decidió hablar. Si, hablar. Puede que fuera la falta de sueño, alimento y agua lo que me hacía alucinar, que simplemente estuviera loco o que las serpientes solo hablan con los humanos cuando están a solas. ¿pero qué estoy diciendo? Claro que no, las serpientes no hablan nunca con humanos. Puede que de repente yo entendiera el idioma serpiente. A fin de cuentas antes había entendido que no debí comerme el gusano. ¿O era solamente lo que creí entender? Demasiada información para procesar. Personalmente creo que salí ganando callando hasta el último ápice de mi ser para escuchar el monologo de la serpiente.
Quien asomo lo justo su cabeza negra para que el resto del cuerpo quedará en penumbra y empezó a hablar, al poco tiempo quedo claro que su lenguaje daba saltos en el tiempo. De pronto era arcaico y educado para pasar a ser moderno y rápido.
No, no te levantes tranquilo, tomate tu tiempo para acomodarte no necesito tumbarme, el invitado hoy eres tú. Aunque ya estoy viejo, más viejo seré cuando acabe de hablar contigo ¿no?
Bueno como respuesta a tu pregunta. Te diré que no soy una serpiente realmente. Esta es solo una de las múltiples formas que puedo adoptar, aunque esta me pareció de las más educadas y cómodas para este encuentro en pleno desierto. A lo largo de la historia he tomado muchos aspectos y nombres, de mujer, hombre, planta, animal, objeto y en definitiva cualquier cosa que puedas imaginar. Tantos nombres que no recuerdo el mío propio, tantos aspectos que mi esencia se diluyo en cada forma que adopté
Yo pude ver como Poncio Pilato se lavo las manos cuando fue muerto el primer hippie de la humanidad. Y también vi como el hombre primitivo del que desciendes pintaba su caza deseada en las paredes de cuevas mientras que yo removía su paleta para que no se coagulara la pintura. El arte evoluciono y yo con él, gracias a unos de mis amigos italianos pude ver los excelentes dibujos de uno de sus mecenazgos; un tal Leonardo Da Vinci que ilustraba con todo detalle el cuerpo humano.
Aunque la medicina no siempre fue así, hubo un tiempo en el que los chamanes realizábamos los ritos con cánticos y tambores a la luz de la luna. La misma luna que fue adorada por los griegos como Selene. Luna que con sus rayos baña la tierra fértil.
La tierra que acoge en su seno las raíces de las plantas que son la base de la dieta. Plantas como el trigo que es molido para ser transformado en pan y harina. El mismo pan que es comido en las gradas de Roma durante las peleas de gladiadores, un alimento que fue creado como papilla cerca del Nilo y las palmeras en Egipto y es sustituido en Asia por el arroz.
Arroz que viene a la península ibérica de mano de los musulmanes. Una gente que más tarde entro en derramamiento de sangre con los cristianos. Cristianos que más tarde nos dividimos y decidimos matarnos entre nosotros mismos.
Cristianismo, por cierto la religión que domina el mundo occidental ahora mismo. En confrontación diría con el budismo oriental. Cuyos monjes para ejecutar sus sentencias y no romper la máxima de un budista no mata una mosca. Dejábamos moribundos a los “ejecutados”.
Igual de moribundos que deja el trabajo de la tierra ajena al campesino. Cercanía a la muerte que nos impulso a matar al Zar y sus ministros en Rusia. 
[…] He tomado el té con las más finas reinas en sus palacios. Y he bebido en los peores tugurios junto a las peores compañías, viciosos, jugadores, prostitutas, reprimidos, borrachos, taberneros, ricos venidos a menos y escritores malditos. Todos ellos han gozado de mis conversaciones o incluso de mis puños.
Pero razones muy distintas inspiraron a Armstrong cuando piso la luna, por no hablar del inventor del coche, la televisión, la bombilla, el ordenador e incluso el vidrio o la cocina francesa.
Espero no haberte aburrido mucho con esta breve clase de historia, de todos modos los bostezos te delatan huésped, debes de tener sueño pese a que yo me deje casi todo en el tintero. Tranquilo muy pronto podrás dormir
Me parece que quieres beber algo. No hace falta que bebas con tantas ansías. Se nota por tu cara que la simple idea del agua te anima el alma. Bueno no es mucha pero te puedo dar algo. Aquí tienes un tazón de arcilla con agua. Albergo cierta esperanza en que no te moleste su estado marronaceo, es lo mejor que he podido encontrar por la zona. […]




domingo, 9 de diciembre de 2012

Sed roja: Parte I

Os paso uno de los citados sueños fragmentado en varias dosis ;·
Lo dicho, disfrutarlo si les place estimados lectores

*hace reverencias postrándose ante el ordenador*




Estaba corriendo completamente desnudo en un paramo desolado. Con un sol sangrante que coloreaba el cielo de un irreal rojo y caldeaba el aliento del viento hasta límites insospechados. Tanto calor hacia, que la vida era imposible en el desierto en el que me encontraba, ni un solo cactus crecía.
No sé por qué corría, podría ser que huyese o buscase algo, puede que incluso alguien. El caso es que una cosa era segura, llevaba días puede que semanas o incluso meses corriendo sin descanso. Mi piel se había quemado tanto por el camino que ahora estaba bronceada y era completamente insensible al astro rey. Mis labios tenían costras de piel seca alrededor, el sudor le daba un sabor salado a mi piel y el mismo sol agrietaba mi garganta.
Agrietada también estaba la tierra arcillosa que pisaba. Completamente deshidratada por la sequia, las grietas en la tierra describían figuras geométricas caprichosas sobre las que pisaban mis pies.
Unos pies que estaban cansados y mal heridos por el esfuerzo, pero que pese a todo seguían funcionando atenuando el ritmo.
Sin embargo esto no influía al panorama desolador y completamente vacío del desierto agrietado donde me encontraba, vacío en su totalidad por la excepción de un árbol muerto en lo que parecía la cercanía pero realmente era una lejanía insospechada. Ante mi se cernían miles de kilómetros de tierra estéril con un árbol muerto enfrente.
Sin que ninguna de estas condiciones adversas me importase me sentía solo, y completa y gozosamente libre. Sin preocuparme por esas naderías sin importancia. Alegre de poder correr hacia donde quisiera. De hecho lo hacía como un loco. Podía seguir adelante o dar la vuelta cuando quisiera.
El único problema real era mi soledad, quien acompañada únicamente por mi cansancio me incito a parar de correr para caminar. Fue en esta transición cuando trague mi saliva, la que al deslizarse por mi garganta y provocarme dolor me hizo darme cuenta de lo mal que estaba todo.
Estaba hambriento, sediento y cansado. Sin refugio alguno o protección de ningún modo, por no hablar de la imposibilidad de acallar la cantinela de mí estomago. Pero por encima de todo estaba el hecho de estar solo, agobiante y aterradoramente solo.
De repente esa libertad se torno en opresión e indecisión ¿A dónde debería dirigirme? ¿Debería correr o caminar? ¿Qué haría cuando llegase? ¿Y si no llegase? ¿Pasaría algo si me quedase quieto esperando la muerte? ¿Podría conciliar el sueño en ese territorio hostil? ¿Y qué probabilidades de morir tenía si volviese a emprender otra caminata o carrera?
Sin saber cuánto tiempo transcurrió mientras meditaba sobre mis dudas de pie sin que el sol decidiera aflojar una gota de clemencia sobre mí. Fije mi mirada en el suelo, desviándola del astro rey que decidió descargar su ira sobre mi cuerpo. Con cuidado de no apretar los labios para no sentir dolor ni hacer movimientos bruscos que envolvieran a la garganta.
Fue en ese momento cuando vi mi primera comida en mucho tiempo. Entre la tierra había semienterrado un diminuto gusano, más pequeño que mi dedo pulgar. Obviamente en el instante que lo vi no me pare a hacer contemplación alguna. Simple y llanamente me agache en la medida que mis pies me lo permitían, cogí al gusano por la cabeza mientras me miraba atentamente. Y lo introduje en mi boca. Trague sin masticar.
Mala idea. El insecto seguía vivo y decidió reptar por mi boca y esófago. Provocándome cosquillas, seguramente si mi estomago hubiese recibido alimento anterior habría vomitado. Pero por la falta del mismo me limite a toser hasta que el gusano surco el aire del maldito secarral donde me encontraba entre pequeñas gotas de saliva aterrizando en un charquito rápidamente evaporado de babas. Huelga decir, que para cuando llegue el gusano estaba muerto.
De tal manera que recogí el cadáver y por vez segunda lo introduje entre mis dientes. Esta vez masticando y tragando logre llevar alimento a mi ser.
No tarde mucho en sentir que algo me decía que no debí haberlo hecho. Ese algo no era una de esas sensación extrasensorial de las historias baratas de terror, ni el escalofrió que te recorre la espalda, ni el sudor; ni si quiera el mal sabor de boca que me dejo el bicho. Ese algo era más bien alguien. Una voz aterciopelada, perfecta y suavemente modulada que decía que no debí haber ingerido mi último bocado.
Provenía de mi espalda, y con el corazón en un puño, con el dolor de todo mi cuerpo y mis labios ardiendo poco a poco, muy poco a poco como si temiese lo que fuera a ver me gire. Lentamente, con la misma carencia de velocidad que inicie el giro oí un seseo, todo ello para encontrar una enorme serpiente de piel negra, oscura y vetusta erguida detrás de mí.
Aunque el hecho de tener una serpiente desconocida de proporciones difusas y poco descriptibles no era lo que me hizo quedarme paralizado del propio terror. Más bien eran sus ojos, como si fueran dos joyas redondeadas perfectamente negras daban la impresión de haber existido durante evos o milenios. Aún hoy esos ojos negros, profundos y brillantes pueblan mis pensamientos.
En el mismo momento que me vio el reptil, tranquilamente se dio la vuelta sobre su piel negra girando hasta encarar el árbol seco. Comenzando su recorrido, invitándome a seguirla para volver a ver sus ojos.
De modo que fatigado aunque con un interés retomado en la vida en si misma comencé el camino que trazaba mi reptiliana amiga delante de mí.
A medio camino dimos un giro de ciento ochenta grados, en el cual pude ver como unas escamas de piel muerta se quedaban pegadas a la tierra arcillosa que pisábamos. Manteniéndose en todo momento delante y sin dar importancia a si yo la seguía o no, introdujo su boca en un agujero del suelo.
Una madriguera de donde saco un mamífero blanco que engullo sin más detenimientos para proseguir su marcha sin detenerse. Cosa que a mí no me importo y metí la mano en el hogar de las criaturas.
Tarde unos agobiantes y calurosos segundos en dar con uno de ellos, imagino que el único que no estaba aterrado por mis repetidos arañazos en las paredes con las uñas desaliñadas acompañadas de las yemas. Obtuve una diminuta cría de menor tamaño que mi puño, aproximadamente la mitad. Creo que no es necesario decir cuál fue el final del joven conejo, devorada su carne y bebida su sangre mientras aún se movía.
Y después de este ligero tentempié que atenta contra todas leyes civilizadas creadas por el hombre. Repase mis labios heridos; pegajosos y húmedos por la sangre para disponerme a seguir a quien me llevó hasta la comida más decente que había tenido en meses. Ahora que lo pienso me extraña, que no me sorprendiera encontrar vida en aquel páramo muerto.
Curiosamente aunque me pareció que había aumentado su velocidad, pude acortar fácilmente los veinte metros que nos separarían hasta convertirlos en cinco. Siempre mientras ambos continuábamos nuestras marchas constantes, pese a todo yo me mantuve hasta que llegamos a nuestro destino a cinco metros de distancia de mi guía.



Declaración de intenciones oníricas

Uff parece que tengo esto más abandonado que nunca
Desde Agosto sin dar señales de vida, paradójicamente ahora también escribo más que nunca.
¿será por los exámenes?
¿o puede que sea por que ahora escribo en un cuaderno para no acercarme insanamente al ordenador?
¿qué me decís de la posibilidad de que el culpable de tamaño crimen sea simplemente que ni yo me meto por este blog?
Aunque también puede que nada de este este ocurriendo y todo sea un sueño.
Sueños.
De eso mismo os quería hablar, esas imágenes que vierte nuestro inconsciente en nuestra mente cuando dormimos. Se infiltran entre nuestros nervios con el objetivo de desdibujar lo que llamamos realidad para dibujar ellos mismos otro mundo alternativo. Un paisaje nuevo con toda su fauna y flora propias. Un castillo del más puro cristal que refleje los rayos del sol o un universo que refleje nuestra vida cotidiana como un espejo.
Este monologo improvisado se debe en parte a que lo único que encuentro por el ordenador son sueños que he ido escribiendo, y en parte a que los escribí pensando en su futura publicación por estos lares del ciberespacio.
Así que de momento seguiré publicando sueños, pero esta vez creo, espero que mucho mejor escritos que el anterior.
Disfrutarlos si queréis, compartirlos con vuestros amigos (o enemigos si no os ha gustado) pero sobre todo no os olvidéis de que un blog realmente vive a través de los comentarios y suscripciones.

lunes, 20 de agosto de 2012

Marea roja - Un sueño del caminante

Disculpad mi falta de actividad últimamente, es que pese a estar de vacaciones sigo sin tener un minuto. De modo que al noche y el sueño es de lo poco que me queda. Curioso ¿no?
Especialmente curioso después del sueño que tuve anoche y os he transcrito por aqui, disfrutarlo, leerlo (si podéis  y como siempre me interesa vuestra opinión


Estoy flotando en una piscina inmensa llena de un líquido rojo. Parecido a lo que podría ser agua con arcilla, similar a la sangre pero sin sus olores ni su tacto.
Me encuentro haciendo el muerto, tumbado bocarriba mirando al cielo. Un cielo rojo y anaranjado sacado de la más vivida ensoñación. Mis manos están estiradas al igual que mis pies, de tal forma que da la impresión que estoy crucificado.
La única diferencia con la crucifixión es que yo tengo libertad de movimiento para poder impulsarme con mis brazos como de hecho hago. Me impulso suavemente, sin apenas esfuerzo dejando que el líquido rojizo fluya entre mis manos y acaricie mi cuerpo desnudo.
Cuerpo que no es el que suelo ver, de un color rojo profundamente oscuro es salpicado por el fluido que lo rodea y se vuelve más oscuro en cada impulso; en cada salpicón y humedecimiento de la piel.
No sé cuánto tiempo transcurre hasta que simplemente me canso de impulsarme, siempre mirando hacia arriba. De forma que vuelvo a hacer el muerto, disfrutando de la sensación de relax que produce en mi.
Al rato de disfrute y distensión muscular y mental. Algo aferra mi mano derecha. Dándole un fuerte tirón hacia abajo.
Tampoco sé cómo, pero llego a la conclusión de que esa mano negra no es otra cosa que la locura. Locura que me sumerge en el agua, al principio sin introducir mi cabeza.
Hasta que encuentro placentera también esta postura pese a lo violenta y tensa que hay en ella. Y de repente, el estirón de la mano aumenta de intensidad. De forma que sumergida queda de igual forma que el resto de mi cuerpo mi cabeza.
Pese a todo sigo encontrando relajante y gozosa esta situación, permitiendo que esa mano negra me empuje hacia abajo sin que yo muestre ninguna resistencia. Aunque por mucho que tire no llega a hundirme completamente, es como si me quisiese flotando a un centímetro de la superficie, igual que un juguete de plástico que se encuentra a la deriva pasivamente o como una bolsa del mismo material.
De repente mi mente vuelve a reaccionar, y me percató de la autentica situación. Del peligro que corro, así que rápidamente intento salir de mi sesión de buceo involuntaria con mi brazo izquierdo por ser el único que puedo mover. El cual se había vuelto de un blanco brillante en contraste con el derecho que ahora era una luz negra.
Sigo sin ser capaz de asimilar como logré emerger a la superficie. La cosa es que cuando lo hice jadeante y echando el agua rojiza por la boca mi primer impulso es nadar hacia la orilla. Impulso que más tarde es corroborado por el despertar de mis sentidos. Quienes me gritan que ese olor, sabor y tacto es el de la sangre.
Otra falta de pensamiento lógico se encuentra a como llegue a subir al bordillo de la piscina y lo que vi una vez me encarame y me senté en él. Mi cuerpo empapado de sangre e incluso pegajoso no tenía fuerzas para salir corriendo, ni si quiera para girar la cabeza y apartar la vista de lo que ella captaba. Incluso me costó darme cuenta de que mis brazos volvían a tener el mismo color que el resto del cuerpo.
Ante mi se encontraban dos copias exactas de mi mismo, desprovistas de pelo alguno. Una completamente negra salvo sus ojos y sus afilados dientes (mejor dicho fauces) del más brillante de los blancos. Mientras que la otra era su antítesis, completamente blanca y con ojos y fauces de un negro casi luminoso.
Ambas se encontraban peleando y nadando en la piscina. Hasta que se abrazaron mutuamente en el centro exacto de ella. Y se mantienen en el aire durante unos cinco segundos. Durante los cuales la figura negra aprovecha para morder el hombro derecho de su enemiga.
Cuando vuelven a surgir en medio de chapoteos violentos y furiosos en agua de la  piscina de sangre. Pude ver como ambas figuras se estaban devorando mutuamente. Dejando ver su musculatura palpitante por medio de zonas sin piel, que había sido arrancada de su correspondiente lugar.
Apenas unos breves instantes duro esta imagen, por que volvieron a sumergirse mientras hundían sus bocas en el cuerpo de sus enemigos desgarrando carne. Pasaron unos minutos, no sé si muchos o pocos, hasta que me percate de que ambos estaban muertos y no respirarían más.
Un parpadeo después y lo único que se, es que yo había vuelto a hacer el muerto en la piscina. Esta vez, mientras trozos de carne, torax y huesos salían a la superficie a mi paso.
Mientras mi única certeza es que yo estaba vivo y respirando, además de disfrutando

martes, 17 de julio de 2012

Madness: Cap 4)


Con la ropa alborotada y mientras se intentaba colocar la corbata apareció su jefe en su cubículo, tirándo en un descuido la foto del hijo de Gabriel. Le dijo:
-García, tenemos… tenemos que hablar de lo sucedido. Puede tomarse el día libre hoy; venga conmigo a la cafetería.
Normalmente Gabriel habría aceptado un día libre sin dudarlo. Pero en su estado esperó unos segundos para responder; segundos que no fueron contados por ser interminables para su superior y brevísimos para él.
-Do … Don Paaaco –hizo un gallo en las “a”´s prolongadas- nada .. nada me gustaría más pero –se repaso los labios con la lengua- hoy tengo mucho trabajo y no se s…
- Le he dicho que se venga conmigo –reiteró su jefe levantando un poco la voz y volviendo a ser quien era por un momento-.
-Lo ..lo que usted quiera señor mío.
De modo que Don Paco y Gabriel abandonaron la cuarta planta y se dirigieron solos a la cafetería en el ascensor. Lugar donde obviamente García bajo la cabeza y el cerdo trajeado sudoroso que tenía cerca se limito a guardar silencio y rebuscar en su bolsillo del pantalón.
Cuando llegaron a la segunda planta (cafetería y comedor) el jefe jefazo saco del bolsillo las llaves de la cafetería y la abrió para ellos dos. Dio un pequeño empujón a la puerta y esta se abrió estremecida dejando entre ver una pequeña cafetería a oscuras.
El hombre con mayor cargo no tardo ni cinco segundos en encender las luces de la estancia para iluminar diez mesas rectangulares metálicas con sus respectivas doce sillas por cabeza 1. Agrupadas en dos líneas de cinco mesas sobre las baldosas.
La cafetería era uno de los lugares más apreciados por los trabajadores. Solía ser acogedora, con olor a cafeína y cierto barullo agradable… solía.
A esa hora de la mañana, era sombría, fría y gris. Como un día ventoso que respirase ira y soledad entre las paredes desnudas. Lo que obviamente no ayudo a que Gabriel se calmase y a qué su jefe se le pasara el enfado.
Cuando el segundo prácticamente arrancó dos sillas de la mesa más alejada a la puerta y volvió sobre sus pasos dos veces, la primera para cerrar la puerta y la segunda para sentarse. A continuación le ordeno a su subordinado que sirviera dos cafés bien cargados. En cuento lo hizo, García no tardó en decir:
-Se.. se … se .. se, se, se .. señor .. –una breve pausa para coger aire- tengo un trato que ofrecerle.
- Sorpréndeme gusano chupatintas- bufó su jefe sin ocultar su amor hacia él-.
-Me imagino … que usted –breve pausa para aflojarse la corbata sudorosa- sabe mi situación económica.
-Sabrá –le corrigió su jefe, para luego seguir-. Pues no, ni me se tus miserias ni me importan realmente, pero me imagino que me las vas a contar –añadió con la misma mueca de quien chupa un limón-.
-Pues .. –se armo de valor en este punto, tanto que se levanto de la mesa 2- ¿sabes 3? No sé si te importa. ¡ Pero a quien si le importa que hagas con otras mujeres es a tú esposa ¡–dijo García levantando la voz-
-Chiist ¿Quieres que nos despidan a los dos? –Dijo mientras acercaba su cara de jefe jefazo a la del oficinista- Siéntate tranquilamente y hablaremos.
Después de un par de miradas tensas demasiado tensas para describirlas en este relato. Paco consiguió que el señor García se sentra frente a él en la cafetería.
Ambos removieron el café con la cucharilla y lo bebieron. Don Paco con monotonía y lentitud. Y García el oficinista lo hizo lentamente y con una sonrisa en la boca como si disfrutará de esa sensación de poder.
Cuando dejó la taza en la mesa de un golpe, dijo:
-Bueno te lo resumiré – se limpio la boca con la manga de su camisa- necesito dinero para seguir viviendo y criar a mi hijo.
Paco tardó unos segundos en procesar la información. Era la primera vez que alguien se atrevía a pedirle un aumento en todo su tiempo en la empresa. Y menos aún se lo habían pedido en esas circunstancias en las que le era imposible negarlo. De modo que intentó dar un rodeo a continuación de cerca de minuto y medio en tenso silencio :
-Bueno …. Gabriel, usted sabe … como está la empresa actualmente –breve pausa para ahora ser él el que se aflojará la corbata-  Si .. Dispusiéramos de un par de meses .. tres como mucho .. podríamos disponer de efectivo suficiente para …
En ese momento de duda lo interrumpió su empleado, diciendo:
-Me repito –otro breve parón para formar una sonrisa siniestra- creo que su mujer tardaría menos de tres meses en pedir el divorcio.
Después de ver como por primera vez en su vida Gabriel perdía los estribos, no se achantaba ni se dejaba intimidar. El jefe jefazo se arranco la corbata de su cuello y la dejo en la mesa diciendo simplemente:
-Jooder … -paro un momento para inconscientemente echarse la mano al bolsillo - ¿cuánto necesitas?
- Un aumento, no quiero que me des un dinero y se acabe. –Esbozó una sonrisa maquiavélica de autoconfianza- Creo que amos a ser amigos durante mucho tiempo.
La única respuesta de su jefe fue dejar una tarjeta de visita blanca con letras negras y perfectamente recortada en la mesa. Con tanta fuerza que más bien pareció que en lugar de un recorte de cartulina impreso dejaba una pila de libros.
Después de dejar el rectángulo de cartulina blanca estampado en la mesa. Simplemente se fue dejando a solas a García y su número de teléfono.


1 Bueno, en lugar de cabeza, por cada cuatro patas
2 Me imagino que por fin habría explotado
3 Hizo un hincapié residual de su levantamiento en ese “sabes”

lunes, 9 de julio de 2012

Madness: Cap 3)


A estas horas (serán sobre las ocho de la tarde) no es que se encuentre mucha gente presente en contraste con el mar de piernas, pantalones, faldas y ruedas que esto es por las mañanas. Los edificios que arrojaban luz desde sus oficinas alojadas en rascacielos altos como gigantes, aún seguían iluminando las calles con unos pocos cubículos iluminados.
Al igual que cuando empezamos el relato estos transmitían tonos anaranjados, que al juntarse con la oscuridad de la noche y la polución ajetreada tornaban la luz densa y pesada. Solo interrumpida ocasionalmente por la sombra de uno o dos oficinistas trabajando que era proyectada como si fuera la señal de aviso a un superhéroe que nunca llega.
En el fondo había dado este paseo para encontrarme con una persona en especial. A quien, como no, cambiare el nombre y usaremos uno de sus nombres clave: Rata.
Rata era y creo que sigue siendo un informador, lo más curioso de él era como sabía camuflarse y lo bien que cuidaba su atrezzo. Lo conocí en un festival de música hippie hace un par de años donde él fingía tener un puesto de venta de camisetas (luego descubrí que el puesto en realidad era de un amigo suyo). Desde ese evento había llovido mucho, las guitarras y la psicodelia se habían apagado pero él seguía fingiendo a rajatabla con su vestuario. No importaba punk, gotico, heavy, policía, profesor, médico o cualquier otro miembro de la fauna urbana era representable o asiduo en sus papeles.
Ahora distaba mucho del joven greñudo con una camiseta estilo Tye-Dye con aureolas hippie. Se encontraba apoyado en una pared junto a la puerta principal de un rascacielos de forma que queda dentro de la propia entrada en forma de u.
Pegado al lateral se estaba, tenía en su mano derecha un cigarrillo encendido que en cada calada iluminaba su rostro volviéndolo rojo durante milésimas de segundo. Poseía un rostro de facciones bastantes normales, ojos oscuros aunque ahora clareados por lentillas, pelo negro que había sido repeinado para atrás y engominado, piel blanca y ningún rasgo notable, ni heridas ni partes desproporcionadas. Todo ello coronado en esta ocasión por unas gafas de cristales cuadrados que se enganchaban a cada oreja una de sus patillas.
Si bajamos por el cuello podemos ver una corbata rojo carmesí elegantemente anudada que hacia contraste con su camisa blanca y su chaqueta americana negra. En la mano izquierda tenía un maletín de cuero relleno de folios que el mismo rata se había encargado de fotocopiar y escribir en ellos para mejorar su disfraz.
Viendo incluso lo logradísima que era la raya de en medio de sus pantalones también negros podía incluso imaginar, que era capaz hasta de usar la misma colonia barata de oficinista de cada una de las torres del distrito financiero. Y lo que es peor, lograr que su cuerpo sudase igual que el del resto de los mortales hacinados en cubículos para infiltrarse incluso con el olor.
Para terminar de poner la guinda tenía unos zapatos italianos lo suficientemente lustrosos como para parecer de alguien con dinero. Pero que había estado dando un paseo hasta la cafetería de su trabajo para poder desangrar la máquina de cafés y de paso aprovechar para aliviar la bragueta en el baño al camino de vuelta.
Ahora su postura era con la espalda levemente inclinada de forma que el tronco estaba levemente inclinado mientras las piernas estaban pegadas, casi abrazadas a la pared. Sus ojos que ahora eran verdes estaban observando unas manchas rojas sobre la acera que estaban secándose.
Esas manchas que miraba Rata eran sangre, de esta mañana para ser exactos. Un suicidio, todo empezó igual que el resto de las mañanas de los habitantes de la ciudad. A fin de cuentas os contare la historia de otro más, uno de tantos. Puede que sea uno de los que vimos esta mañana partiendo al trabajo bajo luces anaranjadas.
Según los telediarios y el carnet encontrado en su cartera, se llamaba Gabriel García. El también era una de esas personas que pasaban desapercibidas en una multitud. Pero a diferencia de las almas discretas, la suya era bizarra, el típico ser que intenta ser el centro de atención sin conseguirlo. Como consecuencia solía ensimismarse y volverse más introvertido aún.
Quitando eso, por los demás era alguien muy normal, tímido, pero normal. Gabriel era un treintañero con ex mujer e hijo de tres añitos. Tenía la costumbre de desayunar solo en casa un café, luego esperar a que su hijo terminara y llevarlo a la guardería.
Como era de esperar en alguien como él esa costumbre no cambio, lo que sí que cambio fue el saludo a la profesora de su hijo sustituido hoy por un gruñido cargado de cierto desaire, pero por lo demás era un día normal.
En cuanto llego al distrito financiero puso un disco de metal a toda pastilla y bajo las ventanillas para que los transeúntes pudieran oírle. Escandaloso y reteniendo una sonrisa llego hasta la puerta de su torre de trabajo, aparco el coche y se dispuso a subir las escaleras del vestíbulo de la empresa que lo contrató.
La decoración de dicha sala era simple y minimalista con un cierto aire a chillout malogrado que acababa poniendo a uno de los nervios. En las cuatro esquinas se encontraban colocadas macetas con palmeras sobre el suelo de cristal. Las paredes otrora blancas ahora eran grises.
La distribución de los muebles también parecía haber sufrido la misma fosilización que las paredes. Originariamente la barra pegada paralelamente a la pared izquierda era brillante y lustrosa, de la mejor madera encontrada. Ahora estaba plagada de manchas de cafés de la recepcionista y cubierta de polvo e incluso alguna que otra ceniza o marca de quemadura de cigarro fumado a escondidas por la recepcionista.
Las cuatro esquinas de la estancia contaban con cámaras de seguridad móviles. Que vigilaban y acechaban a todo aquel que osara entrar en su terreno e incluso a todo aquel que pisara su acera.

La seguridad de la torre era tal que incluso contaba con un segurata. Miguel, también un treinteañero pero que estaba pasando a los cuarenta. Con uniforme verde oscuro y un cinturón donde también se encontraba la porra de seguridad que dejaba ver su eminente barriga. Tenía el pelo peinado a conciencia como si hubiera intentado quitarse algún bicho que hubiera anidado en sus cabellos. Igual que él había anidado al lado del ascensor con su taza de café en la mano. Cualquiera que lo viera podría estar seguro de que nada del mundo, ni un incendio que amenazara con devorarlo lo haría moverse ahí.

De todos modos Gabriel prosiguió su camino sin inmutarse. No le importo la maraña de pantalones con raya en medio y faldas que se movían en un mar de frenético nerviosismo por el incipiente retraso. Todos los días pasaba lo mismo, y era raro el trabajador que no se quedaba hasta tarde como castigo de la empresa por la tardanza a mejorar la competividad.
Es curioso como habían cambiado los conceptos, lo que según la agencia de personal iba a ser un trabajo entre absolutamente todos los trabajadores. Daba un giro radical, mientras que un oficinista cualquiera chupaba tinta, un directivo estaba tomando cañas en el bar o durmiendo plácidamente en su casa.

Después de un par de empujones logró entrar en el ascensor mientras Miguel le sonreía porra en mano con una actitud afable. De todos modos García no le devolvió el saludo, estaba demasiado ocupado pensando en sus cuentas bancarias, con la casa bajo riesgo de embargo y la luz cortada esa misma mañana.

Cuando por fin llego a su destino, la planta cuatro. Necesito de ser espabilado por Abby, su compañera de trabajo que se encontraba a dos cubículos de distancia del suyo. Ella también era una de esas faldas que se agitaban nerviosas ante la posibilidad de horas extras. De modo que se limito a sonreírle, esperar que sacara algo de conversación y ante la negativa darle una palmadita en el hombro y salir corriendo precipitadamente en dirección a su puesto de trabajo.
Normalmente Gabriel habría corrido raudamente hacía su puesto de trabajo .. pero claro eso pasaba los días normales. Hoy no lo iba a ser. Hoy no se iba a dejar aplastar, hoy hablaría con su jefe y le pediría un aumento.
De modo que decidido paso en línea recta por entre los puestos de trabajo atrayendo todas las miradas de sus compañeros por el camino. Hasta que decidido llego al pomo de la puerta de personal. Aferro el picaporte durante unos segundos y sintió una sustancia acuosa que brotaba de sus manos; sudor. Sudor, que hizo que se le escapara el picaporte en dos ocasiones hasta que rojo como un tomate abrió la puerta de par después de haber decidido llamar a la puerta.
Se encontró al jefe de personal sentado detrás de su mesa de despacho con una de esas tablas que están hechas para ocultar algo más que las piernas y dejan entrever los pies. El problema es que no solo se entreveían los pies del manda más, si no también unos tacones rojos extraña y vagamente conocidos por García junto a los pantalones y calzones del jefe bajados hasta los tobillos.
Digamos que estaban al lado de una mujer alegre, de las que enamoran a los hombres en un abrir y cerrar de piernas. Y la mujer se había agachado para abrocharle la bragueta a Don Encargado de Personal ... aunque se la estaba abrochando con la boca y sobre todo con la húmeda; la lengua.
Creo que no hace falta decir la cara que adquirió el jefe jefazo, un insano blanco cadáver que junto a la boca que se abrió de par en par sin articular palabra y el sudor frío que recorría su frente le daba cierto aspecto de estar petrificado. Pese a todo la mujer bajo la mesa no se percato de esto y siguió moviendo la cabeza de arriba abajo hasta que su amante le dio un leve puntapié.
A lo que ella respondió:
-¿Ah? –como si intentara articular preguntas respondidas por su rostro
Después de la línea de dialogo de la mujer que García identifico como la hermana de su ex mujer. Él decidió intervenir con el mismo rostro que su jefe diciendo:
-Per.. per … -fue lo único que logro articular.
Hasta que dio un golpe con la puerta y se quedo apoyado en la pared de al lado intentado asimilar lo que acababa de ver. Su exconcuñada era la amante de su jefe. Iba a ser una mañana muy larga, de modo que decidió volver a su puesto de trabajo fingiendo que no había pasado nada.
Después de cinco minutos mirando el fondo de escritorio del ordenador sin hacer absolutamente nada, se decidió a abrir un programa informático sin pensar y ponerse a trabajar. Cinco segundos más tarde del segundo click en el icono del escritorio apareció su jefe.


Madness: Cap 2)


 Al día siguiente por la mañana en otro barrio de la ciudad. A lo lejos, podía verse como el sol empezaba a asomar sus cabellos dorados entre los edificios.
De modo que aportaba un color anaranjado con tonos rosados, como si de un tímido muchacho enamorado se tratase.
Era bello observar como los habitantes de la ciudad aun dormían. Acurrucados bajo las sabanas de sus camas, los únicos que podían encontrarse en la calle eran los madrugadores y los trabajadores. Estos últimos, no tenían tiempo necesario para admirar la salida del sol. Prueba de ello eran sus apresurados andares y sus bocas, más de una con una tostada a medio mordisquear dentro. También podíamos ver a un grupo de oficinistas en el que un rezagado llevaba los cordones desatados.
De todos modos dentro del grupo de trabajadores también podríamos incluir a los estudiantes. Esos seres jóvenes que van cargados y cargadas con mochilas a la espalda. La mayoría se dirigían a sus institutos, colegios y universidades andando en grupos. Hablando por el camino e intentando enfrentarse a una mañana de estudio y esfuerzo.
La iluminación corría a cargo del ayuntamiento, que había decido no apagar las farolas. Y las luces anaranjadas proyectadas por estas unidas con el sol, hacían de las calles un rio cálido y dorado de luz y colorido.
Toda esta escena, cotidiana y que podemos ver en nuestras ciudades todas las mañanas, parecía de cuento. Sacada de una película y combinada con la iluminación daba la impresión de que los técnicos de efectos especiales habían sido contratados y elegidos por una escritora de novelas de amor.
Por el medio de la carretera nos encontramos con una moto, pasando por encima de las líneas discontinuas blancas coloreadas con tonos anaranjados por la luz del ambiente. La pintura roja de la moto se fundía con el naranja para crear algo parecido a una especie de brillante esmalte.
Una mujer ataviada con un traje de motorista negro cabalgaba sobre ella. Se notaba que se dejaba llevar por el ambiente de la ciudad, despreocupada y recién levantada. Porque a través del casco se adivinaba el reflejo de una sonrisa a la que no importo salpicar a un grupo de estudiantes con agua de un charco mientras gritaba que le perdonasen.
Aunque, claro está no todos los muchachos la perdonaron. De los tres uno siguió sumido en sus pensamientos.
Y es que era una figura cabizbaja, vestida de negro. Ataviada con una cazadora mitad cuero, mitad plástico; muñequeras también de cuero abarrotadas de tachuelas y pinchos. Ese día el muchacho que en realidad era la figura, había elegido una camiseta negra y lisa para llevar.  Como pantalones, unos simples vaqueros y zapatos del mismo color del cuero negro y sus pensamientos.
En contraste con la motorista, el chico ataviado de negro le gruño y paró unos momentos para acordarse de la familia de la muchacha y luego seguir farfullando con sus amigos.
Toda la reacción del muchacho en realidad se debía al miedo, miedo a la simple motocicleta, algo que le inculcaron sus padres con bofetadas cuando era pequeño. Probablemente sus padres también le inculcaron la falacia de que los golpes y los insultos son necesarios en la crianza de un niño.
Y es que para estas personas el miedo es necesario. Miedo a todo. Miedo a las pistolas y el resto de armas, miedo al fuego, miedo a ahogarse en el agua, miedo a cruzar la calle, miedo a los animales. Miedo a los humanos, miedo a lo que desconocen, miedo a que lo que conocen se vuelva desconocido, miedo a la vida, miedo al miedo…
Probablemente os preguntéis ¿Por qué tenemos tanto miedo?
Pues bien, es que a ellos les interesa que tengamos miedo. Interesa que tememos a los ladrones para comprar alarmas antirrobo, para comprar armas. Interesa que tengamos miedo al agua para que compremos estúpido flotadores innecesarios para adultos.
Miedo al profesor para que estudiemos. Miedo a nuestros padres para que obedezcamos. Miedo a nuestro jefe para que no rechistemos si nos aumenta la jornada o si decide no pagarnos.
Miedo a dejar de cobrar y no poder pagar nuestras deudas. Miedo a no poder pagar la hipoteca. Miedo al desahucio. Miedo a vivir en la calle. Miedo al frio, a la furia de los elementos. Miedo a los mendigos. Miedo al diferente. Miedo al dolor. Y por último, miedo a la muerte
El miedo no solo es usado para que compremos y consumamos. También se usa para que estemos callados, no respondamos a lo que sabemos que esta. En definitiva para que nos aten las manos con un candado y tiren la llave al mar.
El miedo, el terror y el pánico son todos ellos expresiones de odio y de egoísmo. El miedo es egoísta, significa intentar salvarse a si mismo cueste lo que cueste. Aun así cierto miedo en la vida es necesario, de hecho existe para seguir existiendo.
El problema es que “los otros” han manipulado este sentimiento de supervivencia. Porque seamos sinceros:
No estamos en la era de las cavernas:
¿de verdad es necesario temer a los animales? Si tenemos pararrayos es innecesario asustarse de las tormentas. Y si somos justos y buena gente es una idiotez temer al resto de la humanidad.
Aunque claro esta línea de acción es obviada, y se obvia por unos intereses que han generado “los otros”.
Es normal que te preguntes que o quienes son “los otros” aunque es un concepto abstracto, si pones de tu parte creo que podré explicarte relativamente bien su significado.
Me imagino que habrás oído hablar de las teorías de la conspiración, alienígenas, sectores poderosos de la sociedad, gobiernos, masones y un grande etcétera se unen para bailar al son de mentes calenturientas. Obviamente se sabe que el 99% de las conspiraciones son simples alucinaciones, tomaduras de pelo, estafas, desvaríos os similares.
Lo qué nos deja con un mísero y paupérrimo 1% que no puede ser desmentido o no se quiere que se desmienta. Me imagino que sabrás que lo que yo defiendo a mí entender esta firmemente incluido dentro de la segunda categoría.
Como ya te he comentado antes “los otros” es un concepto genérico y abstracto. Vivimos en una sociedad donde anuncios sedientos de sangre nos bombardean diariamente. Diciéndonos que tenemos hambre, que nuestra ropa es horrible, que estamos gordos, nos hablan también de lo peligroso que es el mundo y lo necesario que es una alarma antirrobos; nos dicen a quien tenemos que votar, donde vivir y cuando hacerlo.
En realidad visto de este modo no parece tan raro que nos manipulen pero el problema no solo se queda en nuestros hábitos de consumo. Porque absolutamente todo tiene fecha de caducidad, nuestra comida esta envasada al vacio, con colorantes y aditivos legales de dudosa fiabilidad.
Y estas fechas de caducidad se esconden y propagan a todos los productos desde el siglo XX. Todo empezó con las bombillas y una asociación de fabricantes llamada Phoebus, obviamente creado por “los otros”. Que decidió limitar la duración de sus bombillas a mil horas. Así el consumo actual, el “comprar, tirar, comprar” se prolonga hasta la saciedad. Esta práctica luego se extendió a otros productos como las medias de nylon, e incluso se planteo como obligatoria en los Estados unidos. Actualmente todo, desde tu ropa hasta tu impresora tiene fecha de caducidad.
La ropa con la que te vistes, si es de fibras vegetales lo más normal es que oculte maltrato a los trabajadores que cultivan las plantas y al propio medioambiente. Si es de plástico esconde un bonito mundo enfermo y contaminado por el petróleo, mientras que si es de piel detrás de ella está la muerte de animales por su pelaje.
A esta pincelada de acciones de “los otros” se le acumulan otras.
Como el estado de las cárceles. Cárceles donde presos son recluidos en muchos casos, hacinados y apretados como si fueran seres no vivos. Respirando un aire viciado por el sudor. Sudando por el constante contacto de sus cuerpos. Mal alimentados y débiles, con mala higiene con rostros blanquecinos y demacrados que dejan adivinar la falta de luz solar.
En las residencias de ancianos se encuentran sabios a los que nadie quiere escuchar por sus arrugas. Personas que han tenido que aguantar guerras y hambre. Gente en mal estado de salud a la que se empastilla para que se callen.  Encerrados en casas y celdas ajenas por su propia familia para poder olvidarse de ellos. Casas ajenas donde acumulan polvo y son tratados como muebles, para que luego nos preguntemos. ¿Por qué es tan arisco? ¿Por qué no quiere cuidar a mis niños mientras me voy de copas?
Si seguimos el hilo nos encontramos con las drogas y el alcohol. Las personas que lo reniegan son calificados y calificadas como imbéciles abstemios. Y los que sufren d dependencia son abandonados por la sociedad cuando más ayuda necesitan. Luego, en el otro extremo estas personas usan su enfermedad como excusa para chantajear a las familias. Quienes en lugar de ayudarlos realmente ceden o les insultan y gritan.
Cada mañana miles de trabajadores se dirigen a romper sus riñones a palos mientras que se transforman en modernos esclavos de un mal salario. Cada mañana las jornadas laborales aumentan y el tiempo para la vida en sí misma disminuye.
Cada día miles de bombas cercan países del tercer mundo pero para no culpar a los políticos y en parte porque no nos pueden dar miedo. Son obviadas por la prensa
El problema es que todos y nadie son los otros. No son una institución en si, no son un partido político ni una religión; pero donde hay poder se infiltran. Nadie esta a salvo de ser de los que les ayudan (a partir de ahora “durmientes”). Y solo muy poca gente se puede llamar “despierta” (los que no colaboran con “los otros”). Porque están en todo, ellos saben cuando usas tu tarjeta de crédito, en qué momento y en qué lugar te hiciste tu email, leen tus correos, saben dónde vives y donde no, te acompañan en la cesta de la compra, en el trabajo, en la calle, en la declaración de la renta…
Podría enumerar una lista inacabable del resto de acciones de “los otros”, pero de todos modos creo que puedes imaginarte que también están detrás del cambio climático y el resto de “artistas” de este circo.
De todos modos espero que no te importe que me haya tomado la libertad de dar un paseo por la ciudad mientras enumeraba una pequeña lista de los actos de “los otros”. Sin darme cuenta hemos acabado en el distrito financiero de la urbe.